CUERPO Y RELIGIÓN

El cuadro “La porteña en el templo” (1842) abre el sector “Cuerpo y religión”. Si bien cree conocerse el nombre de la dama que inspiró a Monvoisin, no se trata de un retrato: el tema de la pintura es la virtud cristiana.  La imagen puede ser leída políticamente como manifestación antirrosista (la mujer de luto), o socialmente como expresión de clase (la dama elegante en primer plano y el negro esclavo en el fondo). Pero también admite una lectura desde la sexualidad. La blancura de la mujer y su pose de recogimiento representan la encarnación de la fe religiosa en una moral de castidad y recato.

La Porteña en el Templo, 1842Candombe, 1921 Maniquí, 1994

Augusto R. Quinsac de Monvoisin, La Porteña en el Templo, 1842, colección privada.
Pedro Figari, Candombe, 1921, gentileza MALBA/ Fundación Costantini.
León Ferrari, Maniquí, 1994.

A su lado, la pintura de Pedro Figari que ilustra una escena de candombe, funciona como su reverso. La alegría de colores y movimiento evoca las raíces culturales de los afroargentinos: éstas eran vistas, por el discurso de la clase dominante, como diabólicas y pecaminosas. La discriminación racista, heredera de la esclavitud –abolida luego de la Revolución como forma económica, pero de lenta erradicación en las prácticas y en las mentalidades- se proyecta también hacia la sexualidad. Las criadas negras solían ser objeto de violaciones y abuso sexual por parte de sus amos. Sin embargo, se las culpaba a ellas de incitar al pecado por su naturaleza animal y lujuriosa. José Ingenieros describe el baile de una negra como un “ataque hístero-epileptiforme, seguido de un sopor catalepteoideo”.

La sexualidad ha sido uno de los puntos de apoyo de la discriminación de género. Por mucho tiempo, la mujer fue objeto, pero nunca sujeto de deseo. Su sexualidad reprimida reaparecía bajo formas que iban desde los delirios místicos hasta “enfermedades” como la histeria o la ninfomanía. Las “locas” blancas eran recluidas en conventos. Las negras o mulatas iban directamente al calabozo de la policía, donde recibían palos, duchas frías y severos ayunos para su “amansamiento”. Recién con la revolución sexual de los 60 se consuma la aceptación de la autonomía del cuerpo femenino y de una sexualidad liberada de las funciones reproductivas.

Si el cuadro de Figari alude a lo otro de la moral cristiana, la obra de Ferrari pone en escena su contradiscurso. El artista contemporáneo León Ferrari es conocido por sus denuncias a la violencia represiva del discurso religioso. En sus series de torsos femeninos cubiertos con imágenes o escritura alude explícitamente a las prohibiciones que regulan la sexualidad de las mujeres.

Por último, los cultos populares no surgen como crítica a las instituciones religiosas sino como prácticas alternativas donde las figuras de la fe o los actos de invocación se resignifican o se funden con otros hábitos o valores de la vida cotidiana. Así, la Difunta Correa evoca una madre milagrosa cuyos rasgos se apartan de la iconografía tradicional de la Virgen María. La instalación del artista Sergio Gravier se inspira en la estética de los altarcitos espontáneos, repletos de ofrendas y botellas de agua, en honor a esa santa popular que no es reconocida por la Iglesia Católica pero que es objeto de gran devoción en nuestro país.

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