Ejemplificamos los usos políticos de la imagen a partir de dos casos representativos: las figuras alegóricas y el retrato oficial. Este eje se desarrolla en las dos áreas de ingreso al piso.
La pirámide de la Plaza de Mayo, erigida en 1811 y remodelada en 1856, y el monumento a los Dos Congresos, construido en el Centenario de 1910, conforman un eje fundamental en el trazado urbano de Buenos Aires. Ambos conjuntos están coronados por figuras alegóricas. Las ideas de la libertad, la justicia, la república, la patria, tomaron cuerpo, desde el momento de la emancipación, en imágenes femeninas.
Las siguientes alegorías políticas no funcionan por continuidad (como en el eje simbolizado por la Plaza de Mayo y el Congreso) sino por contraste: nos referimos al concepto de “civilización o barbarie” en los discursos de conformación de una idea de nación.

Ángel Della Valle, La vuelta del malón, 1892, Museo Nacional de Bellas Artes.
Lucio Correa Morales, La cautiva india, 1906.
También estas ideas cobraron cuerpo en figuras femeninas: las cautivas. Durante las largas guerras de fronteras en las regiones de la Pampa, la Patagonia y el Chaco, a lo largo del siglo XIX, muchas mujeres blancas fueron capturadas por los indios. Numerosas fuentes y relatos dan cuenta de la situación sin retorno de estas cautivas: a menudo las familias las rechazaron por considerarlas ¨deshonradas¨. A veces ellas no quisieron volver para no separarse de los hijos que habían tenido. Más allá de estos hechos reales, la cautiva blanca se convirtió en un motivo clásico de la literatura y la plástica argentinas. La mujer acarreada por el malón al galope en la pintura de Angel Della Valle (1892) no representa a una persona en particular: funciona como alegoría de la civilización amenazada por la barbarie. Este tipo de imágenes justificaba cualquier avance destructivo sobre las poblaciones originarias. Las cautivas indias en manos de los blancos fueron mucho más numerosas, aun cuando apenas se habló de ellas. Las imágenes idealizadas de indígenas (como el gaucho en la literatura) surgen cuando estas comunidades ya han sido desterradas.
Mostramos la pintura de Della Valle tal como se encuentra ubicada en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes, para remarcar el modo en que este contraste histórico continúa de algún modo en la actualidad, si lo miramos desde el punto de vista del valor patrimonial. Efectivamente, la escultura de L. Correa Morales, ubicada en el exterior de ese mismo museo, se encuentra en el presente cubierta de grafitis.

Prilidiano Pueyrredón, Retrato de Manuelita de Rosas, 1851, Museo Nacional de Bellas Artes
Numa Ayrinhac, Retrato de Eva Duarte, 1948.
Pinélides Aristóbulo Fusco, Evita en San Vicente, 1948.
La historia del retrato oficial se abre con la efigie de Manuelita Rosas pintada por Prilidiano Pueyrredón en 1851, imagen que fue concebida desde su comitencia como un verdadero asunto de estado. Todos los detalles, desde el vestido rojo federal hasta el gesto y la pose fueron calculados. La muchacha debía aparecer “parada, con expresión risueña, y en el acto de colocar sobre su mesa de gabinete una solicitud dirigida a su tatita, representándose de este modo la bondad de la joven y su ocupación de intermediaria entre el pueblo y el Jefe Supremo”.
Durante el siglo XIX la mujer ejerce la política desde el espacio privado del hogar y por intermediación del hombre. Uno se siente tentado de confrontar esta imagen de Manuelita con la evocación de la figura de Eva Perón alzando sus brazos y su voz de cara a la multitud en la plaza. Pero aquí resulta pertinente hablar de otra Eva, la de los retratos oficiales, donde ella aparece vestida como una reina. Una de estas imágenes, pintada por Numa Ayrinhac, fue utilizada como ilustración de la tapa de “La razón de mi vida”. Afirma Laura Malosetti Costa: “La figura joven y risueña de Evita, peinada, vestida y enjoyada como para una recepción oficial, se recorta sobre un fondo de paisaje luminoso. Esta imagen casi majestuosa tuvo el valor de un ícono y una enorme circulación. Objeto de veneración y culto luego de su temprana muerte, también lo fue de actos de iconoclasia tras la caída del peronismo.”
Además del distintivo político del rojo federal, el vestido de Manuelita marca en el retrato un distintivo de clase. La imagen de “Evita reina”, y su tan comentada elegancia conllevó también un ideal político. Duras fueron las críticas, por ejemplo, hacia los lujos del Hogar de la Empleada que sostenía la Fundación Eva Perón: para ella la justicia social debía implicar también la democratización de los valores estéticos.
La famosa fotografía de Evita con el pelo suelto no le gustaba a ella particularmente, y el oficialismo peronista trató a su vez de subordinar esa representación a la de Eva reina. Sin embargo, en los años 70, cuando la juventud estaba empapada de ideales revolucionarios, fue ésta la imagen que predominó, pues simbolizaba la juventud, la energía y la proyección al futuro. Ninguna de las dos tipologías de retrato es más “verdadera” que la otra: son los usos los que determinan el sentido de una imagen, y estos usos dependen de condiciones históricas cambiantes.
Una instalación de Mary Tapia articula, de alguna manera, estas dos figuras de Eva, la dama elegante y la ninfa de la militancia peronista de los 70. Mary Tapia fue una figura de la vanguardia cultural previa al golpe militar de 1976. Sus diseños de ropa fusionaban la liberación femenina de los 60 con un rescate de lo autóctono. En este proyecto inédito, comenzado en 2002, la artista se inspira en la figura de Eva Perón y reelabora elementos característicos de su indumentaria poniendo de manifiesto los cruces entre la política y la moda, el pasado y el presente, las tradiciones y los deseos, aún vivos, de un futuro mejor.