LA VIDA EN LOS MÁRGENES

La ubicación de este tema en este punto del guión obedece al hecho de que, desde el siglo XIX hasta el presente, los márgenes de la sociedad coinciden con los márgenes de la institución familiar burguesa. En 1815 se redactó unaversión local de la antigua Ley de vagos y maleantes española. Entre otras cosas, decía que "todo individuo que no tenga propiedad legítima de que subsistir, será reputado en la clase de sirviente”. Y los que no posean un papel acreditado por su patrón “serán tenidos por vagos”. Aún hoy, la diferencia económica tiene una incidencia directa porque sin patrimonio es muy difícil acceder a conformar una familia tal como es entendida por las clases acomodadas. La exclusión de los derechos y deberes que definen este modelo social (la responsabilidad del varón como sostén del hogar, la protección de la maternidad, la prohibición del trabajo infantil, etc.) afectan directamente a ciertos valores cívicos y éticos que pretendemos fácilmente universales.

¿DE QUE SIRVE CONOCER TUS DERECHOS SI NO TIENES MEDIOS PARA DEFENDERLOS?

Si bien hemos reunido aquí testimonios de las condiciones de existencia en estos espacios de exclusión, nos propusimos evitar juzgarlas desde el punto de vista de este modelo ideal. Sin dejar de llamar la atención sobre los efectos dramáticos de la inequidad social, quisimos evitar un relato de victimización y, por el contrario, intentar percibir cómo en los márgenes de la sociedad se conforman otras formas de vida donde los lazos, la convivencia, la relación con el trabajo y el hogar se modelan con criterios y valores diferentes.

Para quienes no cuentan con más capital que su fuerza de trabajo en un sistema donde no siempre hay trabajo para todos, la familia no es un modelo ideal por el que se puede optar sino una realidad que la necesidad y los afectos constituyen como pueden en las circunstancias dadas. En el primer muro vemos fotografías de mujeres trabajando, cosechando en el campo o reciclando basura en las áreas urbanas. Están acompañadas de sus hijos; si tienen edad suficiente, ellos también ayudan en la tarea. Aquí no rige la separación preventiva entre el espacio del trabajo y el espacio del hogar y la maternidad.  Empujadas por la necesidad, desde el siglo XIX hasta hoy, muchas madres debieron asumir solas el sostén de la familia. La imagen actual de una cartonera, precedida por un registro de 1901 de mujeres hurgando restos de basura en la Quema, cobra un sentido histórico más allá de la coyuntura que ha casi naturalizado su figura en el paisaje urbano. Fernando Poggi, el fotógrafo que retrató a Mary, denunció que su marido “murió de pobreza”. Manuel es la figura contemporánea de aquellos “vagos” del 1800: excluidos de la propiedad privada pero también del trabajo. Estos vagos fueron a menudo reclutados para las guerras de fronteras. Los conflictos han cambiado de signo, sin duda, entre la época de construcción de la nación y la época de inserción en el capitalismo global, pero la vulnerabilidad frente a la violencia social, y sus tasas de mortalidad han coincidido siempre, estructuralmente, con la pobreza.
En el clima de guerras del siglo XIX muchas mujeres de escasos recursos se convirtieron en jefas de hogar. Esto fue muy común en las zonas rurales y de frontera. Al lado de las mujeres trabajando en el campo con sus hijos en brazos, colocamos a “Las madres del monte”, fotografiadas entre 2005 y 2007 por Julio Pantoja. Ellas simbolizan el aspecto potente, lo que las mujeres pueden frente a la adversidad. Se trata de mujeres campesinas, indígenas o criollas, que encabezan emprendimientos, en diversos puntos del país, y pelean constantemente por defender sus tierras frente al desmonte indiscriminado del capitalismo ciego. Las imágenes van juntas porque estas mujeres acarrean, en su conciencia de lucha, una larga historia de esfuerzos y responsabilidades.

Mujeres en lucha

Mujeres en la quema, 1901, AGN.
Fernando Poggi, Homenaje, 2001-2005, familia cartonera: Mary, Miguel Ángel y sus hijos.

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FRONTERA TERRITORIAL/ FRONTERA SOCIAL

Como dijimos, los “vagos”, los excluidos de la sociedad, fueron a menudo reclutados para pelear contra los indios en las fronteras. Muchas veces sus mujeres se quedaban solas con sus hijos. Otras veces ellas los acompañaban y mudaban la familia a los bordes del territorio “civilizado”. La historia recuerda nombres ilustres de guerreras, comenzando por la ya legendaria Juana Azurduy (1780-1862). También ha rescatado en nombre propio a soldadas de origen humilde, como la negra María Remedios del Valle que fue figura relevante en Ayohuma. Sin embargo, persisten en el olvido muchas mujeres anónimas, como las llamadas fortineras, que no sólo llevaban adelante las labores domésticas sino también tareas militarizadas, como asistir a los enfermos, vigilar cuadros y caballadas cuando se ausentaba el regimiento, y hasta vestirse de soldado para engañar a los indios. Algunas llegaron a defender solas los fortines del ataque indígena.

Mujeres indigenas

Mujeres de soldados, Carhué, c. 1876, Museo Regional Dr. Adolfo Alsina, Carhué.
Antonio Pozzo, Grupo de indios prisioneros, Choele-Choel, 1879, Museo Mitre.

Conquistado el territorio, en épocas del presidente Roca, muchos de estos soldados, sus mujeres y sus hijos cayeron en desgracia. Las mujeres y niños indios, arrancados de sus comunidades y tomados prisioneros, fueron destinados al trabajo doméstico y a diversas formas de trabajo servil encubierto. De alguna manera, los conflictos y marginaciones (económicas, civiles e ideológicas) que sufren los trabajadores migrantes hoy en la Argentina tienen parentesco con esta larga historia. Las mujeres migrantes, provenientes principalmente de los países vecinos y de la ex Europa del Este, están comenzando a organizarse para denunciar injusticias y reclamar derechos.

En las fronteras de la sociedad decimonónica, además de la larga lista de hombres y mujeres en condiciones de indigencia y de indios prisioneros de guerra se sumaban, por supuesto, los descendientes de esclavas negras.

Retrato de una mujer negra 1852

Retrato de una mujer negra, c. 1850-1852, daguerrotipo. Gentileza Museo de Luján. Esta imagen es única en la historia argentina. El daguerrotipo era muy costoso y estaba reservado al retrato de hombres y mujeres ilustres. Sin duda, esta familia debió tener un amor especial por esta mujer al servicio de su casa.

«Hallándose mi hija sin padre y yo destituida de facultades para educarla, pues mi subsistencia está sujeta al servicio que puedo hacer en una casa en donde me conchabo (…) teniendo la más completa satisfacción y conocimiento del carácter honrado y sentimientos cristianos de don Pedro Gada, es mi voluntad entregársela para que haciendo las veces de padre, se encargue de darle una educación capaz de ser útil a la  sociedad, enseñarla a coser, planchar y leer sin que se le pueda extraer de su poder hasta la mayoría de edad, previo conocimiento del Defensor de Menores.«
Fuente: C. Correa Luna, Origen y desenvolvimiento de la Sociedad de Beneficiencia de la Capital, 1823-1912, Bs. As.,1913

Durante el siglo XIX, muchos niños nacidos en la pobreza eran destinados a una suerte de adopción por parte de familias ricas. Su suerte allí era diversa, y constan en fuentes diversos casos de abuso.

“(…) que en edad que cuenta mi hija, ya por natural compasión a que excita su miserable clase y estado, (…) ya por el cumplimiento de sagrados deberes, debía estar instruída en la doctrina cristiana, enseñada conforme a su clase en las agencias de su sexo, y tratada de un modo que exige la humanidad, y el espíritu filantrópico de la ley. Por el contrario, ella se halla sin los conocimientos necesarios en materia de religión, no sabe confesarse, sin instrucción alguna en lo indispensable a su sexo y lo peor, tratada con crueldad e intolerable sevicia, pues se la castiga con un bergazo de toro con frecuencia.”
Fuente: G. Gresores, Las viudas en Magdalena (campaña bonaerense) entre 1744 y 1815, Bs. As., 1996.

Actualmente, a pesar de los avances en materia de legislación, la inequidad económica, la penalización del aborto, la falta de educación sexual gratuita y masiva, la burocracia y los prejuicios persistentes en los sistemas de adopción siguen abonando la continuidad de mano de obra servil encubierta, la deserción escolar y el trabajo infantil.

La familia del 1800 no incluía a los hijos “ilegítimos”. Hacia fines del siglo casi un 20 % de los menores residentes en Buenos Aires provenían de uniones extramatrimoniales. En las provincias con predominio de oligarquía terrateniente estos porcentajes se elevaban hasta un 66 %. El abandono de hijos naturales tal vez fue mucho mayor por parte de madres con recursos y prestigio social, por el temor a la condena moral que sobre ellas pesaba. Fueron las mismas damas de alta sociedad quienes asumieron la dirigencia de las instituciones de beneficencia para socorro de niños huérfanos o abandonados.

Ernestina Lavallol en el Patronato de la Infancia

Ernestina Lavallol sirve masas a las niñas del Patronato de la Infancia, c. 1909, AGN

Las prácticas filantrópicas de asistencia no resultan ingenuas políticamente: además de ejercer la vigilancia, su función es naturalizar y moralizar las diferencias de clase. Eva Perón insistió en sustituir el concepto de beneficencia por el de justicia social, a partir del ideal peronista de conciliación de clases.
La labor de muchos comedores y ollas populares, sostenidos en los últimos años por grupos de mujeres de diversa procedencia, se diferencia netamente de la ideología clasista de la “beneficencia” por la naturaleza solidaria y horizontal de los vínculos que propone. En el centro de la sala hay una olla con sopa, echando permanentemente su vapor y perfume en la sala. Está sostenida sobre un pedestal de adobe que aporta reminiscencias de una casa rural o precaria. Es obra del artista Gabriel Baggio.

Gabriel Baggio, Agar-agar, 2004

Gabriel Baggio, Agar-agar, 2004.

En consonancia con ese fuego que no se apaga nunca, hay un documental sobre un comedor en el barrio Ludueña, de Rosario. Forma parte de una serie de iniciativas encabezadas por el Padre Edgardo Montaldo. El trabaja allí desde 1968 “no para la gente sino con la gente”. No le gusta el asistencialismo. Predica la solidaridad como práctica cotidiana y la integración de las diferencias como base de la comunidad. El comedor se sostiene con el trabajo gratuito de un grupo de mujeres y con donaciones del barrio. El gobierno de la provincia aporta 68 centavos por niño.
El documental está filmado en tiempo real. Dura lo que dura la jornada de trabajo de las mujeres, que entre la mañana y el comienzo de la tarde dan de comer, en tres turnos consecutivos, a más de 300 niños. La decisión tiene que ver también con arrojar una sospecha sobre la idea de que la realidad de los pobres puede ser “representada”, tanto en los medios como en una sala de arte. Difícilmente algún espectador se quede a ver la pieza entera, porque carece de los recursos de recorte y edición que hacen consumible la vida de los otros. No tenemos tiempo. Sabremos, al menos, que sólo nos será accesible un fragmento. Que para conocer algo de esa experiencia, deberíamos estar ahí.

Comedor Betania, Barrio Ludueña de Rosario. Fragmento de documental en tiempo real.

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